En Caudete, cuando llega el tiempo de la aceituna, el pueblo entero parece volver a respirar un aire antiguo y familiar. No es simplemente el inicio de la campaña, es el reencuentro con una tradición que ha pasado de abuelos a padres y ahora a los nietos, como un tesoro que se entrega entre olivos, tierra y memoria.
Durante varias semanas, los bancales caudetanos se llenan de vida. Los mayores, con esa paciencia que solo da la experiencia, enseñan a los jóvenes cómo extender los mantos, como varear sin hacer daño al árbol y cómo recoger una a una esas aceitunas que siempre parecen resistirse. Son sabores que no se aprenden en ninguna escuela, sino en la convivencia, en las manos gastadas de quienes llevan décadas mirando al horizonte de la Sierra de Santa Bárbara.
Y, como en toda tradición nuestra, no faltan los momentos que van más allá del trabajo. A media mañana, cuando el frio se mete en los huesos, llega uno de los instantes más esperados: el almuerzo. Siempre hay alguien que se adelanta para preparar el fuego, encender unas brasas y organizar lo que será el mejor descanso del día. El humo sube entre los olivos mientras se asan las viandas, y alrededor del fuego se comparten risas, historias y anécdotas de campañas antiguas. Ese almuerzo, tan simple y tan nuestro, une a todos y convierte la jornada en algo más que una faena agrícola.
Al terminar, los sacos y los capazos se cargan con esfuerzo y orgullo. Después llega el momento de llevar la aceituna a la almazara, donde el aroma del fruto recién molturado anuncia que el aceite nuevo está de camino. Muchos caudetanos se acercan con ilusión para probar las primeras gotas, ese «oro líquido» que refleja tanto trabajo como tradición.
En Caudete, la recogida de la aceituna no es solo una campaña agrícola, es un símbolo de identidad, de unión y de raíces. Cada año, nuestras familias vuelven a los bancales para mantener vivo un legado que nos define y sigue pasando, con orgullo, de generación en generación.



